sábado, 13 de diciembre de 2008

DEMOCRACIA EN AMERICA LATINA

La nación norteamericana no ha tenido una trayectoria que pudiera considerarse lúcida en el campo de las relaciones con los países de latino-americanos. Su comportamiento histórico en este sentido lo ha regido, mayormente, la fuerza y la imposición cuando no ha estado presente la arrogancia. Por tanto, no ha logrado sus adhesiones apoyadas en la confianza y el entendimiento genuino.

Su más destacado intento por cambiar esa práctica, luego de Roosevelt, en los años treinta, saltó en pedazos en Dallas, junto al cerebro del hombre que concibió una nueva forma de conducir las relaciones de su gran nación con América Latina y fue no de pocos presidentes estadounidenses que tuvo visión de estadista en su política exterior.

El recelo y el resquemor han sido, históricamente, el marco de las relaciones entre los Estados Unidos y sus vecinos que se encuentran desperdigados en el patio trasero de ese gran imperio. El breve y trunco ideal de Kennedy y su Alianza para el Progreso, que despertó esperanzas para establecer unas relaciones sobre una base de dignidad y respeto mutuo que generara una verdadera cooperación que se tradujera en auténticos logros de justicia social y desarrollo en libertad para estos pueblos, sucumbió junto a su promotor.

Después de tres décadas de ejercicios democráticos en la mayoría de los pueblos de Latinoamérica, algo por lo cual los gobiernos norteamericanos han hecho grandes esfuerzos y dedicado una firme atención, los expertos políticos de allí encuentran “fragilidad” en estos regímenes y se “preocupan que la ola de democracia en América Latina esté llegando a su cúspide”. Tal como lo destaca este importante medio de información que es el periódico HOY, en su edición del recién pasado día l7, en una reseña cuyo encabezado hemos tomado para titular este artículo.

Washington manifiesta, a través de sus expertos políticos, inquietud por el derrotero que pueda tomar la democracia en estos pueblos, y su preocupación resulta válida, a partir de lo que la gran democracia del Norte ha entendido, estimulado y protegido como democracia para esta región. A la política exterior norteamericana, hasta ahora, le ha bastado con la práctica de libertades públicas, junto a la exclusión de la tortura y el asesinato político que han desaparecido en el quehacer gubernamental de estos pueblos, sobre todo, después de la terminación de la Guerra Fría.

El mantenimiento de esos logros, junto a la celebración regular de procesos electorales parta escoger sus autoridades, es lo que ha preocupado la mayor parte de la visión democrática para los hispanos que ha tenido el ojo de la política exterior de los Estados Unidos. Incluso, por esa óptica tan limitada llegaron a la insensatez de forzar la reinstalación de un ex gobernante haitiano que había sido derrocado tras años antes, como si el reloj de la historia pudiera volverse atrás. Los resultados para la “democracia” que forzaron “restaurar” donde nunca ha sido conocida, no ha podido ser mas desoladora para toda esa sociedad desarticulada a partir de entonces.

El esfuerzo de los gobiernos de los Estados Unidos por apuntalar regímenes de libertades públicas, pues, hasta ahora eso es lo han logrado, ha sido un avance importante y su patrocinio por el gran país del Norte debemos rendirle homenaje permanente. Sin embargo, estos pueblos tendrán mayor confianza y agradecimiento hacia la gran nación, sí, como les han impuesto a sus gobiernos de turno el respeto a las libertades y los ha forzado a erradicar los asesinatos políticos, las persecuciones por igual razón, así como la celebración de elecciones poco mas o menos confiables, con ese mismo vigor se hubiesen preocupado por imponer freno a la práctica continua y desbordada del delito económico que han ejercido de la manera mas clara e inocultable como norma de conducta desde el poder público. En eso, nuestros regímenes democráticos, han superado con creces las mas corrompidas dictaduras de las que tanto han abominado, a pesar de que han mantenido muchos de sus rasgos mas degradantes.

La magnitud de esa depredación que han ejercido la mayoría de los gobiernos “democráticos” en estos países, ha resultado incuantificable y la impunidad ha llegado a la mas descarnada obscenidad. Como si existiese un convenio invisible; pero sobre- entendido, que permite la corrupción sin nombre ni medida a cambio de libertades públicas y torneos electorales.

El temor, la reverencia e igualdad ante la ley, lo que constituye la piedra angular de la democracia, como todos tenemos por bien sabido, no ha existido en la mayoría de estos pueblos; por tanto, no han llegado a ser países de leyes o estados de Derecho. Como tampoco sus mayorías han tenido acceso efectivo a la educación, a la salud ni igualdad de oportunidades.

Todo el bienestar y satisfacciones que proporciona la verdadera democracia, cuyo mejor ejemplo lo constituye el modo de vida norteamericano, entre nosotros se queda en las elites que se reparten, en ostensible y grosero contubernio con los ejercicio políticos, las riquezas nacionales; y, por tal razón, la inmensa mayoría de sus gentes ha devenido en estos tiempos “democráticos” a descender a niveles de vida de pobres a miserables con todo lo que esta condición social y económica implica.

Los Estados Unidos tienen razón en ver ”fragilidad” en estos pueblos y sus ejercicios gubernamentales porque de alguna manera ese gran país sido cómplices del engaño y la ilusión que han conducido los ejercicios democráticos de la forma que con tanto celo ha patrocinado, y que ya, por el tiempo transcurrido en esta práctica deberían presentar cierto vigor y no la “fragilidad” que le causa preocupación a las autoridades norteamericanas., según lo confiesan sus expertos en el parte noticioso que nos ha dado oportunidad para estas disquisiciones.


Publicado en el periódico HOY, 26-2-99

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